Bajar del ómnibus

Por Jorge Estrella

Gordo, joven, el conductor de un enorme ómnibus que une regularmente Tucumán con Mendoza, disminuyó la marcha en la curva que anuncia el ingreso a San Juan. La barbilla levantada hacía juego con el pelo largo sujetado atrás por el nudo de una cinta. Sus ademanes seguros en el manejo, su rostro algo desafiante, las manos firmes, daban a su figura el aire de una efigie de la seguridad.

Entre el pasaje había criollos bolivianos que trabajarían en la vendimia mendocina. Sus modos silenciosos pero expansivos molestaban al resto. Pañales que volaban por el aire en su recambio, superpuestos a comidas olorosas, se mezclaban con ese aire de mansedumbre que tiene su cultura. Cuando un pasajero se acercó al conductor para pedirle ayuda, éste reaccionó con autoridad: -¡Voy a bajar del ómnibus al que ande sembrando malos olores y suciedad acá! ¿Está claro?

Los criollos, atentos, entendieron.

Al detenerse en la plataforma de la terminal de ómnibus de la ciudad de San Juan, anunció a los pasajeros con voz sonora que nos detendríamos media hora, tiempo suficiente para cenar.

Bajé penúltimo, el conductor tras de mí. Luego lo vi sentarse en una mesa del restaurante próxima a la mía. Era inocultable que la fuerza de su personaje había bajado varios peldaños desde que descendió del ómnibus. Ni tan grande ni tan seguro se lo veía. Lo acompañaba otro hombre joven. Escuché retazos de la conversación que sostenía con su acompañante.

Los bolivianos que vienen a la cosecha de la uva en Mendoza pagan su pasaje. Cierto que son algo sucios, pero tienen sus derechos y no podés maltratarlos.

Defendía un argumento antidiscriminatorio en favor de una cantidad importante de pasajeros que en la época de la vendimia viaja desde el norte argentino hacia Mendoza. Pero había en ese decir suyo una cierta contradicción con sus aires de patrón dentro del ómnibus. Mientras advertía ese detalle, le escuché decir una frase breve que permanece estampada en mi memoria:

Lo cierto es que cuando te bajás del ómnibus sos nadie.

Resumía esa frase admirablemente su propia condición de jefe en el pequeño territorio de su vehículo que descendía en la estima de sus prójimos precisamente en el acto de descender y caminar como el resto de los mortales.

Con el paso de los años, la afirmación del conductor creció ante mi estima y hoy me siento a escribir estas líneas porque le veo un alcance enorme. ¿Quién no ha sentido -como él- esa singular nadificación de la importancia personal cuando se abandona la vitrina en que nos movíamos? ¿Quién no ha experimentado que al abandonar nuestra casa -donde somos señores- aterrizamos en el riesgo de la calle, que no ve en nosotros nada especial? Piénsese en los poderosos que gobernaron nuestro país en el pasado: ¿Acaso pudieron conservar siquiera la sombra de su autoridad desde el día siguiente a su bajada del ómnibus del poder? Mire al jubilado sentado en su banco de la plaza donde alimenta con pan viejo a las palomas: ¿Acaso no sabe que la cuota de poder que le daba su cargo extinto lo encumbraba en su propia estima, ahora desaparecida cuando descendió del ómnibus de su oficio?

¿Por qué el exilio nos ha golpeado tanto a quienes lo hemos sufrido? Lo que sea nos haya obligado a descender desde nuestro país y marchar al extranjero, nos puso en la situación de ese "sos nadie" del conductor del ómnibus.

Quizás por ello no hay prueba más exigente que debamos resolver en nuestras vidas que este "descenso del ómnibus". Encumbrar el ánimo desde esa llanura desconocida; elevarnos sobre nuestras propias piernas dejando atrás las certezas en que habitábamos; rehacernos cada vez que tomamos una decisión importante; creer que podemos "ser alguien", pese al cambio drástico en que nos embarcamos o en que nos coloca la fuerza de las cosas. Acaso no haya descenso más severo que ese final, que nos espera con nuestra propia muerte.

© LA GACETA

Jorge Estrella - Escritor, doctor en Filosofía, ex profesor de la Universidad de Chile.